EL EFECTO DISUASORIO.
El Estado moderno, no sólo lo que ahora conocemos como Estado, sino retrotrayéndonos muy atrás, por ejemplo a Roma y antes a Persia y antes a Egipto y antes a Asiria, es decir EL ESTADO con mayúscula desde sus inicios se basa en un pacto entre el Soberano y su nación, pacto que incluye el hecho que de que la nación, los ciudadanos en su conjunto, ceden al Estado el monopolio de la violencia y la venganza es sustituía por la justicia, estableciéndose en la antigüedad el llamado “ojo por ojo y diente por diente”, que aunque hoy no se entienda correctamente, no es otra cosa que el establecimiento legal del principio de proporcionalidad y que encontramos recogido no solo en el código de Hammurabi, sino en todas las legislaciones antiguas posteriores.


A cambio de la protección que del Estado recibe la nación, la nación, el individuo concreto se subordina y cede al Estado incluso el ancestral derecho a la autotutela y por ende a portar armas,
Vivimos en un país en el que existe un muy estricto control de armas, de manera que sólo las fuerzas policiales tienen el derecho a portar armas.
¿Sólo las fuerzas policiales?
No, la delincuencia también tiene de facto el derecho a portar armas, todo tipo de armas, iguales e incluso mejores que las que tienen las fuerzas policiales.
Entonces, ¿si la delincuencia generalmente hace caso omiso de la prohibición de portar armas? ¿ a quien va dirigida la prohibición?.
Pues curiosamente la prohibición va dirigida a quien la cumpliría sin necesidad de que existiera, el ciudadano pacífico, aquel que procura adecuar su vida al cumplimiento de la Ley, aquél al que el Estado no le se deja ejercer el derecho de legítima defensa de su persona, familia y propiedad, aquel que ha de dejarse vejar o asesinar para dar trabajo no sólo a los periodistas de sucesos, sino también a multitud de funcionarios policiales y de justicia que investigarán las causas por las cuales ese pobre hombre ha sido des-vivido, pero el muerto muerto está.
¿Qué ocurre cuando el Estado no cumple con su función de cuidar de sus ciudadanos a cambio de que éstos desistan de su ancestral derecho a la autotutela y por ende a portar armas?
¿Puede el ciudadano pacífico violentado en sus derechos, al que el Estado no protege, olvidarse del Estado y ejercer él directamente su autotutela?
Le es muy difícil.
Sin embargo empiezan ya a darse casos, pocos de momento, pero que van en aumento.
Es lo que se puede esperar cuando el Estado en no pocas ocasiones se pone del lado de los agresores y da la espalda a las víctimas, cuando el Estado por medio de su policía reprime a las víctimas y garantiza la seguridad de los agresores.
Este Estado cobarde, duro con los débiles y manso con los peligrosos pierde toda legitimidad y la gente deja de confiar en la policía y en la administración de justicia porque es más que evidente que un Estado moderno tiene medios suficientes para reducir la delincuencia a sus justos límites y que si no lo hace, como bien dice el presidente de El Salvador, si no lo hace es porque la delincuencia en sus mas altos niveles ya ha infiltrado al Estado.




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