LA CALLE DE LA VIRGEN Y EL MANACÁ.
He de reconocer que mi disfrute de la Isla lo fue en los últimos meses de servicio desde el 4 de agosto al 4 de diciembre de 1980, hasta entonces llevé la vida propia de cuartel con pocos pases de pernocta de fin de semana.
Afirmo y creo que no me equivoco si digo que el año 1980 fue el momento en que la Isla alcanzó su mayor apogeo, aún se podía disfrutar de la misma siendo únicamente el mes de agosto el de máxima ocupación, desde entonces la masificación ha ido “in crescendo” hasta hacer la Isla irreconocible para los que la conocimos entonces.


De día, la calle de la Virgen, como todo el centro de la ciudad no es que estuviera desierta, pero el grueso del turismo estaba en las playas, Ses Salines, D’Bossa, Talamanca, las calas, etc.
Llegada la noche todo cambiaba, la calle de la Virgen y la calle de En medio eran un autentico hervidero de personas que iban y venían, haciendo la ronda hasta las tractorias-pizzerías y terrazas de la zona del puerto.
En 1980 había en la calle de la Virgen un local llamado “El Manacá” propiedad de una chica brasileña que pasaba el invierno en París, donde también tenía negocios, y en verano lo pasaba en la Isla.
Las circunstancias me llevaron a visitar este local prácticamente casi cada noche después de cenar, donde era generosamente invitado a tomar una caipiriña.
Una noche en que llegué con sed y pedí un vaso de agua, la chica me indica que suba arriba que allí están las botellas de agua. Todas las botellas eran blancas y grandes de unos cinco litros, sin fijarme cogí una, pegué un trago y ¡horror! empecé a echar fuego por la boca, lo que yo pensaba que era una botella de agua no era sino una botella de “cassassa” un alcohol brasileño de muchos grados, muy potente, el cual junto con hielo picado, limón y unas hojitas de menta se prepara la caipiriña.
Desde entonces no bebo nada sin antes poner la nariz y oler a qué sabe.
En 1994, en plena crisis económica tras los fastos olímpicos de 1992, paseando con mi esposa por la calle de la Virgen, miré de encontrar “el Manacá” y lo encontré, pero ya no era un bar sino una pizzería, cogimos mesa en la terraza al aire libre del piso superior y explicándole a mi esposa la anécdota del trago de la botella de cassassa ocurrido allí mismo 14 años antes, al oírnos, se nos acercó la nueva dueña, una mujer de color que no había conocido la vida anterior del local que ahora ella regentaba pero que puso mucho interés en las explicaciones que le di.
Dejo para otra ocasión el tema de las pizzerías-tractorias italianas en la calle de En medio y zona del puerto.
Lo dicho, a mi criterio en 1980, la Isla alcanzó su máximo apogeo dentro de unos límites razonables sin llegar al desmesurado nivel de aglomeración actual.




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