Los desayunos en el CIR 14.
Corrían los meses de octubre y noviembre de 1979 y, cómo todos los de aquella época recordaréis, en el CIR 14 todo se hacía “a la carrera”, incluso el desayuno, en el patio de armas, de pie delante de nuestra 7ª compañía, unas cajas con suizos y un par de lecheras con algo que parecía chocolate, bien aguado naturalmente.
Doscientos tíos que se levantaban hambrientos y que podían bajar al patio incluso en calzoncillos, la única prenda de vestir obligatoria en ese momento era la gorra cuartelera, “el plátano”.
Doscientos tíos, uno detrás de otro, dan para una larga fila de espera, pero al segundo o tercer día le cogí el truco: nada de bajar a la carrera para hacer cola y desayunar de pie allí en el patio muerto de frío; primero me vestía, me aseaba y luego bajaba al patio a desayunar cuando en la cola no quedaban más de media docenas de reclutas.
Cierto que en una o dos ocasiones me quedé a medio desayunar, en la primera sin el suizo y en la segunda sin el chocolate; sin embargo, a mitad de la estancia en el CIR, ocurrió algo que hizo que otros muchos se comportaran de la misma manera que yo.
Quedaban delante de mí tres o cuatro reclutas que se quejaban de que el chocolate siempre era demasiado claro exigiendo al auxiliar que removiera bien el fondo de la lechera con el cazo, que seguro que en el fondo el chocolate estaría más espeso.


El auxiliar actuando en consecuencia así lo hizo respondiendo, oye parece ser que sí, que la parte más densa del chocolate se ha quedado en el fondo de la lechera y removiendo, removiendo, tocó algo más denso de lo normal que sacó con el cazo.
Inimaginable la cara de asco que pusieron los que ya habían desayunado y aún no habían subido a la compañía, el cazo sacó una rata de grandes dimensiones que al parecer se había colado en la lechera por la noche cuando los rancheros preparaban el desayuno de la mañana siguiente, la cocina del CIR 14 no era muy moderna que digamos, por lo que la existencia de ratas no era algo excepcional, nada comparable con las modernas y magníficas instalaciones de la cocina de Sa Coma,
La rata produjo un efecto balsámico, a partir de ese día ya no hubo prisas ni empujones para ser los primeros en la cola del desayuno, sino que se impuso la amabilidad del “tú primero compañero que yo no tengo prisa”.


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